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Viajar en avión con niños

Cuando Alfonso era muy pequeño, un bebetín (un “yeyé” como dice él), nos daba un poco de cosa viajar con él. Supongo que miedos inconscientes de padres primerizos. Según fue pasando el tiempo y se fue haciendo un poquito más mayor, nos fuimos dando cuenta de que realmente es más fácil viajar con un niño muy pequeño (sobre todo si es de pecho y le consuela en cualquier situación) que con un niño o bebé grande al que ya hay que entretener. Empiezas a ser consciente de que meterte en un avión con un bebé que gatea y quiere conocer mundo es mucho más complicado que hacerlo con un bebé que duerme mucho y que, el tiempo que está despierto, lo pasa mirando a su alrededor y feliz de estar en brazos de mamá o papá.

La primera vez que viajamos con él en avión tenía 18 meses, todo un “paisanín” inquieto. El viaje (a Gran Canaria) era de 3 horas. Un vuelo directo a la ida y uno con 45 minutos de trasbordo (cambiar de avión simplemente) a la vuelta.

Las primeras dudas que me surgieron fueron cómo afrontar el viaje con un bebé, qué consejos me podían dar otras madres según sus experiencias, etc.

Tras investigar en la red, consultar al pediatra y a la enfermera y también a amigas que habían viajado con sus hijos (sobre todo aquellas expertas –y valientes- que hacían vuelos tipo México DF-Madrid o Santiago de Chile- Madrid) los consejos más repetidos eran los siguientes:

–      Si el bebé es aún lactante, lo mejor es ponerle al pecho durante el despegue y el aterrizaje donde se pueden notar más los cambios de presión y molestarle los oídos.

–      Si no toma el pecho o ya lo ha dejado, se puede optar por darles agua o zumo. Y otra opción es ponerles el chupo para que con la succión puedan evitar que los oídos se les taponen.

–      Si ya estamos hablando de niños (a partir del año y pico) un consejo de los que más me repetían las madres a las que les consulté era que le llevase gusanitos. La idea es que, como no los suele comer, le parecen atractivos y son perfectos para dárselos en el aterrizaje y el despegue.

–      Llevarles cuentos (por ejemplo con pegatinas o que de alguna forma les permitan interactuar), libros de colorear o, por supuesto, una tablet, ordenador o similar que permita reproducir dibujos, me parece algo totalmente imprescindible.

–      Es importante también llevarles con una ropa adecuada, algo que sea cómodo y que a la vez sea idóneo ya que, como sabéis, muchas veces los aires acondicionados de los aviones son matadores. Yo creo que lo ideal es llevarles en modo “cebolla”, o sea, con varias capas de ropa que podamos poner o quitar en función de la temperatura.

–      Por supuesto, me parece primordial llevar agua mineral y cositas que le gusten comer habitualmente: galletas, pechuga de pavo, pan… ahí ya entran los gustos de cada uno.

En resumidas cuentas creo que si nos centramos en que tengan comida y bebida adaptada a su edad, que le permita tener sus necesidades básicas cubiertas; una temperatura ideal que les haga sentirse cómodos;  una serie de entretenimientos que les haga pasar el rato y a todo esto le sumamos que el avión da un poco de somnolencia y que además permite levantarse y estirar un poco las piernas o pasear por los pasillos en brazos si son muy pequeñines, el éxito está asegurado. ¡Ah! Y sobre todo, que los papás vayan tranquilos, que ya se sabe que los niños son perciben rápidamente cuando nosotros estamos tensos.

Durmiendo en el avión
Durmiendo en el avión

¿Se os ocurre algún truquillo más?

 

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